miércoles, 9 de enero de 2013

El camino de un viaje de ida y vuelta

Bara llega puntualmente en moto. Es sorprendente, ya que era de esperar que viniera en su furgoneta o, como solía hacer antes de sacarse el carnet de conducir, en la bici que le acompañaba a todas partes. “Me la he comprado esta semana”, dice Bara sobre la moto. Viene de trabajar. Las cosas le van bien. Pide disculpas por su aspecto y pregunta si le da tiempo a ir a casa y darse una ducha. “Me sentiré más cómodo si estoy limpio”, dice entre risas. 

Bara Dioula, ya en la segunda toma
Segunda toma. Media hora después, en el mismo sitio, Bara aparca su moto y se quita el casco, sonriente. Parece un hombre nuevo sin la ropa de trabajo. Lleva las rastas recogidas en una coleta y un palestino abrigándole el cuello. 

Bara Dioula (Dakar, 1993) es un inmigrante senegalés que realizó el camino de la patera tan joven que asusta. Con 13 años decidió embarcarse en un viaje que podría ser mortal para conseguir el sueño europeo. “Yo quería ayudar a mi familia. Sabía que no podría trabajar hasta los 16 años, porque me lo dijo un amigo de mi padre”. Pero parece que Bara lo tenía todo pensado: “Yo siempre había querido aprender a leer y a escribir. Así que pensé que podría venir antes de los 16, ir a la escuela y, cuando tuviera la edad, trabajar”. Los planes de Bara terminaron yendo por otros derroteros: “A los 16 seguí estudiando. Me gustaba estudiar. Al menos, hasta que descubrí lo que era estudiar”, reconoce entre risas. 

Bara no pudo estudiar en Senegal. Su padre es carpintero y músico, pero ni una cosa ni la otra dan mucho dinero, así que apenas podían sobrevivir con ello. Él trabajaba con su padre en el taller desde pequeño. A la pregunta de a qué se dedicaba su madre, su reacción es callada y confusa. “Mi madre se quedaba en casa cuidando a mis cinco hermanos pequeños”. Bara además tiene una hermana mayor que también está en Senegal. “Toda mi familia está allí”. 

Por suerte, Bara también tiene una “familia” – en este caso, de acogida – en España, pero hasta llegar a ella, tuvo que recorrer un largo y difícil camino. “Siempre he querido venir, porque siempre he querido conocer Europa. Toda la gente que venía aquí volvía con mejor aspecto, podía comprarse una casa y las cosas le iban bastante bien. Todos los que vienen a Europa pueden convertirse en millonarios en Senegal”, explica Bara. “El visado no te lo dan así como así. Así que cuando salió la oportunidad de poder venir en patera, pagando, la aproveché. Había gente que llegaba, otra que no, pero era un riesgo que había que correr”. 

Muchos inmigrantes se dejan la vida en embarcaciones
frágiles como la de la imagen / Foto de Petits Detectius
El precio por un viaje en el que te lo juegas todo son 800 €. “Eso equivale a cinco sueldos de un profesor en Senegal”. Por fin llegó una oportunidad que Bara no quiso rechazar, pese a que sabía que podía morir en el trayecto. “Mi primo murió en una patera tres semanas antes de que yo saliera, y no sabíamos nada de él. A lo mejor al ser tan pequeño no lo pensé”. Pero no todos los que se embarcan en este viaje son tan jóvenes como lo era Bara: “El paro allí es un gran problema: cada año sube un 2,8%. La gente no tiene dinero, ¿cómo come? En Europa puedes vivir mejor. Este viaje es triunfar o morir”. 

Pero al llegar aquí “no es oro todo lo que reluce”. Los que vuelven a Senegal presumen de todo lo que hay en Europa de una forma un tanto exagerada, lo que recuerda un tanto a lo que ocurría en las décadas en las que los españoles íbamos a Suiza y Alemania a trabajar. “Son un poco fantasmas”, reconoce Bara. De los que vinieron con él en la patera, sigue en contacto con un amigo de su padre, al que deportaron hace un año y medio, y que se dedicaba a vender CDs, relojes, bolsos… “Vivía más o menos, pero no del todo bien. Cuando volvió a Senegal, la gente pensaba que estaba de vacaciones, pero cuando pasó el tiempo la gente sospechó la verdad. Pero al menos está con su familia. Dice que no volvería en la vida y que quizá fue un error venir”. 

Las ilusiones de muchos inmigrantes se rompen cuando
llegan y se enfrentan a la realidad / Foto de Swanksalot
Los sueños de los inmigrantes que vienen son todos parecidos: “Encontrar trabajo, ayudar a su familia y volver allí, comprar una casa y abrir un negocio, porque no vienen aquí pensando en quedarse para siempre. Una vez que han ahorrado lo suficiente como para vivir bien allí, se van”. 

Bara recuerda a los que iban con él en la patera: “El capitán de la patera era un amigo de mi padre. Al resto no los conocía, porque eran de otros pueblos, o los conocía muy poco. Yo era el más pequeño, y el más mayor tenía más de 50 años. Había de todas las edades”. 

El viaje de 13 días en la patera hasta la costa canaria fue bastante duro para Bara: “No tenía suficiente ropa de abrigo, solo una camiseta y un pantalón. Siempre estaba húmedo. Un hombre me dejó una chaqueta, porque me moría de frío. Fue horrible. Pero no pensaba en lo duro que estaba siendo el viaje, sino en cuándo llegaríamos y en cuándo volvería a ver a mi familia, si es que los volvía a ver”. Por suerte, todos llegaron bien hasta la costa, “unos más débiles que otros”. 

Bara también se acuerda de la reacción que tuvieron al ver las luces de la costa: “Cuando anocheció, vimos la isla con sus luces y todos, alegres, dijimos: ‘¡Hemos llegado, hemos llegado!’ Pero hasta mediodía no llegamos a la costa”. Las autoridades les recibieron: “De repente vino una moto de Cruz Roja a recibirnos. Nos preguntó si hablábamos francés, pero ninguno quiso hablar. Nos pidió que lo siguiéramos y nos llevó al puerto. Allí había ambulancias y gente de Cruz Roja que nos atendió”. No tenían miedo a nada, salvo a que los deportaran. “Pero en aquella época deportaban a poca gente. Yo vine de los primeros. Conforme pasó el tiempo, el miedo a la deportación crecía”. 

Después de que Cruz Roja los atendiera, los llevaron al hospital, donde les preguntaron la edad y el nombre, y separaron a los adultos de los menores. “Tenía dos compañeros más. Nos pusieron en una celda, donde pasamos la noche. A los adultos los llevaron a un campamento que tenían para los mayores”. Bara se refiere a los centros de internamiento de inmigrantes, que llegaron a estar colapsados y que ahora están cerrando porque están casi vacíos. “Si a los 45 días no te habían deportado, ya no lo hacían. Entonces te llevaban a la Península. 

Muchas veces llegan para encontrarse encerrados en CDI o
en centros de menores / Foto de Aseditec
"Todos los que íbamos en mi patera llegamos a la Península”. Bara acabó en un centro de menores. Él y sus compañeros están convencidos de que los iban a meter en una cárcel, y cuando, mientras iban en el coche de policía, vieron que un chaval se asomaba por una ventana con rejas en el lugar donde iban, se asustaron y comenzaron a gritar que los habían llevado a una cárcel. “Me puse a llorar. No entendía lo que me decía el policía: ‘Vas a poder comer, vas a dormir bien’. Pero allí encontramos un senegalés al que hicimos mil preguntas, y ahí nos tranquilizamos”. Estuvo un mes allí antes de que le trasladaran a otro centro de menores en Canarias, junto a otros 50 inmigrantes en su misma situación. Cinco de ellos eran de Mali: “Los de Mali y los de Senegal no se llevaban muy bien, pero en general no había demasiados problemas”. 

El pueblo donde estaba el centro de menores al que fue trasladado realizó varias manifestaciones en contra de la presencia de estos 50 inmigrantes en el pueblo. No podían salir de la casa donde estaban, así que era como una cárcel. “Nos insultaban cuando salíamos una vez al mes a hablar por teléfono o a dar un paseo por el centro. Es lo que había”, se lamenta Bara. Por suerte, no se ha encontrado mucho más racismo en el tiempo que ha estado en España. 

Galicia fue la siguiente parada de su viaje, donde pasó ocho meses en un centro de menores. Allí, Bara lo pasó peor. Se sentía sólo y tenía los movimientos más limitados. “Nos trataban más o menos igual que a los chicos conflictivos que había en el centro. Quizá nos trataran con más cariño”. 

A Bara le suena el móvil. Suena una canción de rap, un género musical que le encanta y que tiene grandes exponentes tanto en francés, uno de sus idiomas maternos, como en castellano, idioma que aprendió muy rápido. “Cuando tomo interés en una cosa, aprendo rápido. Tengo buena memoria”. En los centros de menores tuvo clases de español: “En Galicia, era un alivio ir a clases de español. Yo no hacía los deberes, pero era bueno porque salíamos del centro y hablábamos con nuestros compañeros”. 

Bara tuvo mucha suerte. Acabó en una familia de acogida en Elche gracias a un educador que trabajaba dando clases de español en el último centro en el que estuvo en Canarias. “Me tenía un cariño especial, era el más pequeño. Yo era el que mejor hablaba español, y no porque lo estudiara. Me mandaba deberes como al resto de los chicos y yo no los hacía”, reconoce Bara entre risas. “Teníamos una amistad y cuando me fui a Galicia seguimos en contacto. Le contaba la situación en la que estaba y él se preocupaba, porque si hubiera seguido en aquel centro, quizá la cosa hubiera acabado mal para mí. Malas influencias”, recuerda Bara. 

Bara, a la izquierda tocando, en el campamento de
EducaSenagal de verano de 2012
“Entonces él dijo que iba a hablar con sus padres para ver si podían acercarme a centros de la zona de Alicante, y sus padres decidieron acogerme en casa”. Gracias a sus padres adoptivos, Paco y Loli, Bara ha podido acabar la ESO, sacarse un módulo de monitor y poder trabajar en la Granja-escuela La Loma. Además, Bara ha montado una ONG dirigida a la educación de los niños y jóvenes senegaleses, Educasenegal, con la que, cada verano, organiza un campamento en Dakar para los niños en mayor riesgo y gracias a la cual beca a jóvenes en temas de material escolar. Su mayor proyecto ahora es conseguir dinero para construir cayucos para que los que han tenido que volver a Senegal sin nada en las manos de su arriesgada aventura europea puedan trabajar en la pesca de la zona. 

Cuando va a Senegal y ve a sus padres, estos le dicen que ya no tiene la mentalidad de un senegalés, que va creciendo. “Se sienten muy orgullosos de mí y de Educasenegal”, dice Bara con un brillo en los ojos. 

El viaje de Bara ha sido largo, pero él espera que tenga retorno: “Yo quiero volver, pero también estoy bien aquí. De un año a otro las cosas cambian. A lo mejor me enamoro y no quiero volver”.

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