lunes, 14 de enero de 2013

El videojuego independiente en España: Randal's Monday

La industria del videojuego en España es bastante precaria. Sin embargo, hay grupos de jóvenes que apuestan por el género como forma de autoempleo, o como plataforma para conseguir trabajo.

En Elche, dos jóvenes, Toni Pascual y Juan Antonio Pascual, grandes amantes de las aventuras gráficas, decidieron hace cuatro años desarrollar su propio proyecto. De las ideas que tuvieron, nació Randal's Monday, una aventura gráfica con gran cantidad de referencias a la cultura popular.

Cualquiera que llegue a jugar a este videojuego - aún en fase de desarrollo -, encontrará seguro alguno de sus gustos reflejados en los pequeños detalles del juego: gran cantidad de series, películas, música, cómics y, sobre todo, videojuegos tienen su hueco en algún rincón.

El trailer ha sido recibido con entusiasmo por usuarios de una gran cantidad de portales especializados, tanto españoles como extranjeros: 



Ahora mismo, y con alguna que otra oferta interesada en su trabajo sobre la mesa, piensan pacientemente en el siguiente paso que darán.



Un reportaje de Cristina Coll, Gine Toral y yo misma.

domingo, 13 de enero de 2013

Reirregulares y desprotegidos


No cumplir los requisitos para conseguir regularizar la situación de los inmigrantes en España los lleva a una situación límite cercana a la marginalidad y la exclusión social 


La Fundación Elche Acoge lleva 19 años en funcionamiento
Al entrar en el edificio de la Fundación Elche Acoge, que lleva en funcionamiento desde 1994, uno se encuentra con una especie de conserje-secretario marroquí que da la bienvenida al visitante con una sonrisa. También suele haber algunos extranjeros en el pasillo y la sala de espera que hay al final, a veces con sus hijos, algunos ya españoles de nacimiento.  En el fondo, un montón de paneles con anuncios para la interculturalidad, noticias de acciones solidarias con los inmigrantes, orientación legal, información sobre la ciudad de Elche, ayuda para trámites… y unas pocas ofertas de trabajo. La mayoría de ellas en el extranjero, sobre todo Alemania, donde buscan trabajadores de la construcción y otros oficios afines a este sector tan castigado en España. 

Los inmigrantes no son ajenos a la actual situación de paro en España, pero la acusan más que otros colectivos y afecta más a sus posibilidades.  Ellos no disponen del tejido familiar que existe en las familias españolas, muchas veces porque están solos en este país, y no tienen quien les ayude a salir de una situación límite, más que algún compatriota. Incluso la Administración les ha abandonado

DE NUEVO IRREGULAR
Con la crisis actual, muchos inmigrantes extracomunitarios que llevan años en España en situación regular vuelven a encontrarse en situación irregular, con todo lo que eso conlleva. “Hay inmigrantes que llevan años en España, pero las condiciones que se exigen para renovar el permiso de trabajo imposibilitan que lo soliciten  y su situación termina siendo límite”, nos cuenta María Prió, orientadora laboral de la ONG Elche Acoge. Para obtener el primer permiso de trabajo, ha de conseguirse un contrato de al menos un año de duración, “algo imposible prácticamente para cualquiera en la situación actual de España”, puntualiza María. Eso da posibilidad de conseguir un permiso de trabajo  y regularizar su situación durante un año. 

El siguiente permiso de trabajo se consigue con los mismos requisitos que el primero (un contrato de un año de duración o superior), y vale por dos años. Cuando transcurre el tiempo, han de solicitar el siguiente permiso de trabajo, con los mismos requisitos, y que dura dos años más. 

Cuando el inmigrante lleva cinco años en España, si se han encadenado los anteriores permisos de trabajo, ha de solicitarse el que, se supone, será el último. Éste tiene una duración de cinco años y, para obtenerlo, el inmigrante ha de cumplir los mismos requisitos que para los anteriores. “En la siguiente renovación se le da la residencia, por fin”, añade la orientadora. 

Muchos inmigrantes se dedicaban a uno
de los sectores más castigados por la
crisis / Fuente
“Pero, ¿quién encuentra un trabajo con contrato de  un año ahora mismo? Mucha gente se está quedando en situación irregular tras llevar en España cinco años, o incluso más”, se lamenta María Prió. Y es que si una de las veces el inmigrante no puede renovar su permiso de trabajo, cuando cumple los requisitos para conseguir el siguiente, debe empezar la cadena desde el principio

Por eso, cada vez más, los inmigrantes extracomunitarios se encuentran en una situación irregular, más aún si trabajan en el campo como temporeros, ya que los contratos que se hacen en este sector no llegan nunca a la duración mínima. “Sin contrato no hay permiso de trabajo, y sin permiso de trabajo no te dejan trabajar, porque a los que contratan se les cae el pelo”. Con los controles que se llevan a cabo en los centros de trabajo, los empresarios y contratantes cada vez rehúyen más contratar inmigrantes irregulares. Además, sin permiso de trabajo, en situación irregular, el inmigrante cada vez tiene menos acceso a los servicios públicos

MENOS TRABAJO, MÁS PARA LA MUJER
El colectivo con mayor paro, junto al de los jóvenes, es el de los hombres inmigrantes. “Los varones trabajaban en los sectores que ahora están  en crisis, como el de la construcción. Ahora se encuentran con que tienen que emigrar de nuevo o estar en casa todo el día, sin trabajo”, explica María. “Eso les lleva a conductas autodestructivas: juego, bebida…”. El cambio de rol que supone para algunos hombres inmigrantes, algunos de los cuales proceden de culturas en las que las diferencias entre los roles mujer / hombre son mucho más marcadas, tener que quedarse en casa cuidando de los niños mientras la mujer sale a ganar el pan para la familia es un choque del que a veces su autoestima no se recupera, y que puede incluso llevar a conductas violentas. 

Además, María Prió cuenta que el trabajo en el campo cada vez se consigue más por contactos: “Antes venían buscando inmigrantes a Elche Acoge para trabajar en el campo. Al principio les daba igual de dónde fueran, siempre que tuvieran transporte. Les daba igual que fueran hombres o mujeres, siempre que no hubiera que levantar mucho peso. Los seleccionados llevaban después a compatriotas suyos en cuadrillas y repetían a veces año tras año”, explica la orientadora laboral.”Después empezaron a buscar siempre de una misma nacionalidad – si eran del Este buscaban gente del Este; si eran sudamericanos buscaban a sus compatriotas- , porque era gente que ya tenía contactos con los contratantes, pero les faltaba una cuadrilla. Ahora ya ni eso. Ya no se busca gente para el campo”. 

La recogida de la granada es una de las campañas donde se
utilizan inmigrantes / Fuente
Ni siquiera para trabajar de forma irregular. Lo que más se busca ahora en esta ONG son trabajadoras del hogar para el cuidado de ancianos. “La gente está desesperada por trabajar. Nos pidieron una mujer con disponibilidad de transporte para un trabajo en una pedanía de Elche y una señora sin coche preguntó por la oferta. Le contesté que necesitaba tener un transporte y me dijo que si hacía falta, iría andando, que lo que quería era trabajar. Aunque tuviera que andar 20 kilómetros al día para hacerlo”, relata la orientadora laboral. “Aguantan muchos abusos por miedo y porque quieren trabajar a cualquier precio”. Pero también  reconoce que algunos que reciben prestaciones rechazan a veces trabajos. “Ven que cobran menos que recibiendo la prestación, y eso que el dinero que reciben no es mucha cantidad. Se abusa mucho de su situación.” 

FALTA DE PROTECCIÓN
La ONG Elche Acoge ofrece orientación laboral y asesoramiento jurídico a inmigrantes. Muchos tienen problemas en los lugares donde trabajan: “A veces no les pagan, les pagan menos que a los que tienen más contactos o los tienen en condiciones pésimas, mientras favorecen a otros que son amigos”, explica María. “Pero no denuncian por miedo”. Y no es para menos, ya que, aunque Elche Acoge les asesora legalmente - “No les decimos que denuncien o no, sino las ventajas e inconvenientes que puede tener denunciar. Ni les animamos ni les disuadimos” -, en caso de querer denunciar han de hacerlo ellos mismos, y en la mayoría de ocasiones el miedo es demasiado grande. “Me han llegado alguna vez quejándose de que se habían pasado doce horas en el campo trabajando, con toda la dureza que tiene ese tipo de trabajo, y les habían pagado cinco euros”, relata . “Cuando los casos son muy graves, los derivamos a los sindicatos”. Pero cuando no se está afiliado, el asesoramiento y la denuncia a través de un sindicato cuestan un dinero que la mayoría de los pertenecientes al colectivo de inmigrantes no pueden pagar. 

Además, tras la Ley 10/2012 de 20 de noviembre, las tasas judiciales afectan a todos los españoles, y también a los inmigrantes. “A veces no es sólo el miedo, es que tampoco les interesa denunciar, porque gastan más en el proceso, y más si pierden, que lo que van a conseguir”, afirma María Prió. El dinero que tienen que pagar por denunciar es mayor que el beneficio que puedan conseguir, así que los abusos a los inmigrantes suelen quedar impunes y en la sombra

SIN ACCESO A SANIDAD
Tratamientos para enfermedades crónicas graves dejan de
estar subvencionados / Fuente
La situación de los inmigrantes que ahora mismo se encuentran de forma irregular en España se ha agravado también gracias a otro de los últimos cambios en la legislación llevados a cabo por el Gobierno actual, que no retirará pese a una sentencia del Tribunal Constitucional que avala al Gobierno vasco en su decisión de atender a inmigrantes irregulares en la sanidad pública. Con el Real Decreto Ley 16/2012, que busca, según el Gobierno, garantizar la sostenibilidad del Sistema Nacional de Salud, desde el pasado 1 de septiembre más de 153.000 inmigrantes se han quedado sin tarjeta sanitaria en España. 

Esto supone que los inmigrantes mayores de edad no tienen acceso a la sanidad universal y gratuita, excepto urgencias y mujeres embarazadas, y que los tratamientos para enfermedades crónicas de estas personas dejan de estar subvencionados. Esto, aparte del perjuicio que supone para los propios inmigrantes, puede desembocar, como han apuntado varios expertos, en un problema de salud para la población española  en general, al rebrotar enfermedades controladas hasta el momento. 

MARGINALIDAD
Los últimos cambios en las leyes tienen como consecuencia que muchos inmigrantes, sobre todo los que trabajan a temporadas, como los trabajadores del campo y la hostelería, se encuentran ahora desprotegidos, con miedo a ser deportados a sus países cuando sus permisos de trabajo caducan y no los pueden renovar. Muchos de ellos quieren volver a sus países de origen, pero no tienen el dinero necesario para hacerlo. “Los enfermos crónicos no se pueden tratar, y pronto habrá muertes por enfermedades fácilmente tratables”, se lamenta María Prió. El VIH, las enfermedades mentales - entre ellas, la depresión, que suele atacar especialmente en estos tiempos a aquellos que no encuentran trabajo - y otras enfermedades crónicas como la diabetes no podrán ser debidamente tratadas, ya que, aunque hay Comunidades Autónomas que aún atienden médicamente a los inmigrantes, sus medicamentos no están subvencionados.

Algunos de estos inmigrantes llevan años trabajando y cotizando en España. “Cada vez hay más miedo a las inspecciones de trabajo y los contratantes no se arriesgan a contratar ilegales”, apunta la orientadora. “Así que los que  pierden su permiso de trabajo, pierden muchas posibilidades de trabajar, aunque sea a temporadas”. Tras años contribuyendo a las arcas públicas, de repente se encuentran sin derechos y sin poder protestar por la imposición de las tasas judiciales.

INMIGRACIÓN SELECTIVA
El drama de los desahucios es mucho más grave en las
familias inmigrantes, con menos recursos y la familia lejos
“Se está dejando claro el tipo de inmigración que se quiere en España”, dice María. Se refiere a la reforma de la Ley de Extranjería del pasado noviembre, en la que el Gobierno estableció que aquellos extranjeros que compraran viviendas de 160.000 euros o mayor importe se les daría la residencia española. “Ningún inmigrante de a pie puede hacer frente a esas cantidades.” 

Pese a ello, durante años a los inmigrantes se les dio toda clase de facilidades para adquirir viviendas, mientras la burbuja inmobiliaria estaba en pleno auge. Ahora, muchos inmigrantes, algunos que incluso vuelven a sus países, se encuentran con una deuda que no pueden pagar y con que, en muchos casos, el banco no acepta una dación en pago. Así que se encuentran en la calle o de vuelta a sus países con una deuda a sus espaldas. 

Una realidad muy injusta para aquellos que durante años han contribuido como el resto de españoles con su trabajo, y frente a la que no tienen armas para defenderse. 

miércoles, 9 de enero de 2013

El camino de un viaje de ida y vuelta

Bara llega puntualmente en moto. Es sorprendente, ya que era de esperar que viniera en su furgoneta o, como solía hacer antes de sacarse el carnet de conducir, en la bici que le acompañaba a todas partes. “Me la he comprado esta semana”, dice Bara sobre la moto. Viene de trabajar. Las cosas le van bien. Pide disculpas por su aspecto y pregunta si le da tiempo a ir a casa y darse una ducha. “Me sentiré más cómodo si estoy limpio”, dice entre risas. 

Bara Dioula, ya en la segunda toma
Segunda toma. Media hora después, en el mismo sitio, Bara aparca su moto y se quita el casco, sonriente. Parece un hombre nuevo sin la ropa de trabajo. Lleva las rastas recogidas en una coleta y un palestino abrigándole el cuello. 

Bara Dioula (Dakar, 1993) es un inmigrante senegalés que realizó el camino de la patera tan joven que asusta. Con 13 años decidió embarcarse en un viaje que podría ser mortal para conseguir el sueño europeo. “Yo quería ayudar a mi familia. Sabía que no podría trabajar hasta los 16 años, porque me lo dijo un amigo de mi padre”. Pero parece que Bara lo tenía todo pensado: “Yo siempre había querido aprender a leer y a escribir. Así que pensé que podría venir antes de los 16, ir a la escuela y, cuando tuviera la edad, trabajar”. Los planes de Bara terminaron yendo por otros derroteros: “A los 16 seguí estudiando. Me gustaba estudiar. Al menos, hasta que descubrí lo que era estudiar”, reconoce entre risas. 

Bara no pudo estudiar en Senegal. Su padre es carpintero y músico, pero ni una cosa ni la otra dan mucho dinero, así que apenas podían sobrevivir con ello. Él trabajaba con su padre en el taller desde pequeño. A la pregunta de a qué se dedicaba su madre, su reacción es callada y confusa. “Mi madre se quedaba en casa cuidando a mis cinco hermanos pequeños”. Bara además tiene una hermana mayor que también está en Senegal. “Toda mi familia está allí”. 

Por suerte, Bara también tiene una “familia” – en este caso, de acogida – en España, pero hasta llegar a ella, tuvo que recorrer un largo y difícil camino. “Siempre he querido venir, porque siempre he querido conocer Europa. Toda la gente que venía aquí volvía con mejor aspecto, podía comprarse una casa y las cosas le iban bastante bien. Todos los que vienen a Europa pueden convertirse en millonarios en Senegal”, explica Bara. “El visado no te lo dan así como así. Así que cuando salió la oportunidad de poder venir en patera, pagando, la aproveché. Había gente que llegaba, otra que no, pero era un riesgo que había que correr”. 

Muchos inmigrantes se dejan la vida en embarcaciones
frágiles como la de la imagen / Foto de Petits Detectius
El precio por un viaje en el que te lo juegas todo son 800 €. “Eso equivale a cinco sueldos de un profesor en Senegal”. Por fin llegó una oportunidad que Bara no quiso rechazar, pese a que sabía que podía morir en el trayecto. “Mi primo murió en una patera tres semanas antes de que yo saliera, y no sabíamos nada de él. A lo mejor al ser tan pequeño no lo pensé”. Pero no todos los que se embarcan en este viaje son tan jóvenes como lo era Bara: “El paro allí es un gran problema: cada año sube un 2,8%. La gente no tiene dinero, ¿cómo come? En Europa puedes vivir mejor. Este viaje es triunfar o morir”. 

Pero al llegar aquí “no es oro todo lo que reluce”. Los que vuelven a Senegal presumen de todo lo que hay en Europa de una forma un tanto exagerada, lo que recuerda un tanto a lo que ocurría en las décadas en las que los españoles íbamos a Suiza y Alemania a trabajar. “Son un poco fantasmas”, reconoce Bara. De los que vinieron con él en la patera, sigue en contacto con un amigo de su padre, al que deportaron hace un año y medio, y que se dedicaba a vender CDs, relojes, bolsos… “Vivía más o menos, pero no del todo bien. Cuando volvió a Senegal, la gente pensaba que estaba de vacaciones, pero cuando pasó el tiempo la gente sospechó la verdad. Pero al menos está con su familia. Dice que no volvería en la vida y que quizá fue un error venir”. 

Las ilusiones de muchos inmigrantes se rompen cuando
llegan y se enfrentan a la realidad / Foto de Swanksalot
Los sueños de los inmigrantes que vienen son todos parecidos: “Encontrar trabajo, ayudar a su familia y volver allí, comprar una casa y abrir un negocio, porque no vienen aquí pensando en quedarse para siempre. Una vez que han ahorrado lo suficiente como para vivir bien allí, se van”. 

Bara recuerda a los que iban con él en la patera: “El capitán de la patera era un amigo de mi padre. Al resto no los conocía, porque eran de otros pueblos, o los conocía muy poco. Yo era el más pequeño, y el más mayor tenía más de 50 años. Había de todas las edades”. 

El viaje de 13 días en la patera hasta la costa canaria fue bastante duro para Bara: “No tenía suficiente ropa de abrigo, solo una camiseta y un pantalón. Siempre estaba húmedo. Un hombre me dejó una chaqueta, porque me moría de frío. Fue horrible. Pero no pensaba en lo duro que estaba siendo el viaje, sino en cuándo llegaríamos y en cuándo volvería a ver a mi familia, si es que los volvía a ver”. Por suerte, todos llegaron bien hasta la costa, “unos más débiles que otros”. 

Bara también se acuerda de la reacción que tuvieron al ver las luces de la costa: “Cuando anocheció, vimos la isla con sus luces y todos, alegres, dijimos: ‘¡Hemos llegado, hemos llegado!’ Pero hasta mediodía no llegamos a la costa”. Las autoridades les recibieron: “De repente vino una moto de Cruz Roja a recibirnos. Nos preguntó si hablábamos francés, pero ninguno quiso hablar. Nos pidió que lo siguiéramos y nos llevó al puerto. Allí había ambulancias y gente de Cruz Roja que nos atendió”. No tenían miedo a nada, salvo a que los deportaran. “Pero en aquella época deportaban a poca gente. Yo vine de los primeros. Conforme pasó el tiempo, el miedo a la deportación crecía”. 

Después de que Cruz Roja los atendiera, los llevaron al hospital, donde les preguntaron la edad y el nombre, y separaron a los adultos de los menores. “Tenía dos compañeros más. Nos pusieron en una celda, donde pasamos la noche. A los adultos los llevaron a un campamento que tenían para los mayores”. Bara se refiere a los centros de internamiento de inmigrantes, que llegaron a estar colapsados y que ahora están cerrando porque están casi vacíos. “Si a los 45 días no te habían deportado, ya no lo hacían. Entonces te llevaban a la Península. 

Muchas veces llegan para encontrarse encerrados en CDI o
en centros de menores / Foto de Aseditec
"Todos los que íbamos en mi patera llegamos a la Península”. Bara acabó en un centro de menores. Él y sus compañeros están convencidos de que los iban a meter en una cárcel, y cuando, mientras iban en el coche de policía, vieron que un chaval se asomaba por una ventana con rejas en el lugar donde iban, se asustaron y comenzaron a gritar que los habían llevado a una cárcel. “Me puse a llorar. No entendía lo que me decía el policía: ‘Vas a poder comer, vas a dormir bien’. Pero allí encontramos un senegalés al que hicimos mil preguntas, y ahí nos tranquilizamos”. Estuvo un mes allí antes de que le trasladaran a otro centro de menores en Canarias, junto a otros 50 inmigrantes en su misma situación. Cinco de ellos eran de Mali: “Los de Mali y los de Senegal no se llevaban muy bien, pero en general no había demasiados problemas”. 

El pueblo donde estaba el centro de menores al que fue trasladado realizó varias manifestaciones en contra de la presencia de estos 50 inmigrantes en el pueblo. No podían salir de la casa donde estaban, así que era como una cárcel. “Nos insultaban cuando salíamos una vez al mes a hablar por teléfono o a dar un paseo por el centro. Es lo que había”, se lamenta Bara. Por suerte, no se ha encontrado mucho más racismo en el tiempo que ha estado en España. 

Galicia fue la siguiente parada de su viaje, donde pasó ocho meses en un centro de menores. Allí, Bara lo pasó peor. Se sentía sólo y tenía los movimientos más limitados. “Nos trataban más o menos igual que a los chicos conflictivos que había en el centro. Quizá nos trataran con más cariño”. 

A Bara le suena el móvil. Suena una canción de rap, un género musical que le encanta y que tiene grandes exponentes tanto en francés, uno de sus idiomas maternos, como en castellano, idioma que aprendió muy rápido. “Cuando tomo interés en una cosa, aprendo rápido. Tengo buena memoria”. En los centros de menores tuvo clases de español: “En Galicia, era un alivio ir a clases de español. Yo no hacía los deberes, pero era bueno porque salíamos del centro y hablábamos con nuestros compañeros”. 

Bara tuvo mucha suerte. Acabó en una familia de acogida en Elche gracias a un educador que trabajaba dando clases de español en el último centro en el que estuvo en Canarias. “Me tenía un cariño especial, era el más pequeño. Yo era el que mejor hablaba español, y no porque lo estudiara. Me mandaba deberes como al resto de los chicos y yo no los hacía”, reconoce Bara entre risas. “Teníamos una amistad y cuando me fui a Galicia seguimos en contacto. Le contaba la situación en la que estaba y él se preocupaba, porque si hubiera seguido en aquel centro, quizá la cosa hubiera acabado mal para mí. Malas influencias”, recuerda Bara. 

Bara, a la izquierda tocando, en el campamento de
EducaSenagal de verano de 2012
“Entonces él dijo que iba a hablar con sus padres para ver si podían acercarme a centros de la zona de Alicante, y sus padres decidieron acogerme en casa”. Gracias a sus padres adoptivos, Paco y Loli, Bara ha podido acabar la ESO, sacarse un módulo de monitor y poder trabajar en la Granja-escuela La Loma. Además, Bara ha montado una ONG dirigida a la educación de los niños y jóvenes senegaleses, Educasenegal, con la que, cada verano, organiza un campamento en Dakar para los niños en mayor riesgo y gracias a la cual beca a jóvenes en temas de material escolar. Su mayor proyecto ahora es conseguir dinero para construir cayucos para que los que han tenido que volver a Senegal sin nada en las manos de su arriesgada aventura europea puedan trabajar en la pesca de la zona. 

Cuando va a Senegal y ve a sus padres, estos le dicen que ya no tiene la mentalidad de un senegalés, que va creciendo. “Se sienten muy orgullosos de mí y de Educasenegal”, dice Bara con un brillo en los ojos. 

El viaje de Bara ha sido largo, pero él espera que tenga retorno: “Yo quiero volver, pero también estoy bien aquí. De un año a otro las cosas cambian. A lo mejor me enamoro y no quiero volver”.